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"Sin la Iglesia no hay Cristianismo"

                                              El Nuevo Mártir San Hilarión de Verey

La Séptima Clase - 2/febrero/2013 a las 10 am.

La séptima clase del estudio del nuevo Mártir de Rusia San Hilarión, titulado "Sin la Iglesia no hay Cristianismo", se reunirá el 2 de febrero del 2013 a las 10 am. en la Misión de San Juan Clímaco.

En la séptima clase vamos a discutir la séptima sección del escrito titulado, La Realización de la Unidad en la Iglesia Apostólica.


<<Pues, ¿qué significaba en aquellos tiempos ser cristiano? En nuestra época podemos escuchar muchas respuestas diferentes a esta pregunta, por ejemplo: ser cristiano es aceptar la doctrina de Cristo, tratar de cumplir con sus mandamientos. Esa es aún, ciertamente, la mejor contestación. Pero el cristianismo originario respondía a esta pregunta de la manera muy diferente. Ya desde las primeras páginas de su historia el cristianismo se presenta ante nosotros en forma de una comunidad de creencias unánimes e ideales comunes. Fuera del vínculo con esta comunidad no había cristianos. Llegar a tener fe en Cristo, hacerse cristiano significaba unirse a la Iglesia, así, como está muchas veces expresado en el libro de "Los Hechos Apostólicos," donde leemos: "El Señor añadía cada día a la Iglesia a los que habían de ser salvos" (2:47, 5:13-14). Cada nuevo fiel era como una rama injertada en el único árbol de la vida de la Iglesia.>>




San Antonio el Grande

San Antonio nació en Egipto, cerca del año 250, en una rica y noble familia y fue criado en la Fe Cristiana. A los 18 años se quedó sin padres con una hermana bajo su protección. Un día iba a la Iglesia pensando en los Santos Apóstoles, sobre sus vidas y como ellos habían dejado todo en este mundo para seguirlo al Señor y servirle a Él. Al entrar a la Iglesia escucha las palabras del Evangelio: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y sígueme" (Mateo 19:21). Estas palabras impresionaron a Antonio, como si fueron dichas por El Señor personalmente a él. Poco tiempo después Antonio renunció a la herencia a favor de los pobres ciudadanos de su pueblo, pero no sabía a quien dejar a su hermana. Preocupado por esto, él va a la Iglesia y ahí otra vez escucha las palabras del Salvador, como si fueran dichas a él: "Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal" (Mateo 6:34). Antonio confió a su hermana a unas conocidas vírgenes cristianas y dejó la ciudad y la casa para vivir en soledad y solamente servir a Dios.

El alejamiento de San Antonio del mundo no sucedió súbitamente, sino poco a poco. Al principio él vivía en la cercanía de la ciudad en la vivienda de un devoto anciano quien vivía en soledad y trataba de llevar la vida semejante a la de este anciano. San Antonio visitaba también a otros ermitaños, que vivían en los alrededores de la ciudad, y seguía a sus consejos. Ya en este tiempo él era tan conocido por sus esfuerzos espirituales que lo llamaban: "el amigo de Dios." Después, él decide alejarse más. Invita al anciano ermitaño a acompañarlo. Cuando el ermitaño se niega, se despide de él y se instala en una lejana cueva. De vez en cuando un amigo le llevaba la comida. Finalmente, San Antonio se aleja de los lugares habitados; cruza el Nilo y se instala en las ruinas de una fortificación militar. Se lleva pan para 6 meses y después lo recibía de sus amigos a través de una abertura en el techo.

Es imposible imaginarse cuantas tentaciones y cuantas luchas soportó este gran ermitaño. Él sufría del hambre y de la sed, del frío y del calor. Pero la más terrible tentación que sufre un ermitaño, según las palabras del mismo Antonio, es la nostalgia por el mundo y el desorden emocional. A todo esto se agregan las tentaciones y horrores por parte de los demonios. A veces el Santo Devoto se quedaba sin fuerzas y estaba por caer en el desaliento. Entonces se le presentaba El mismo Señor o un ángel enviado por Él, para fortalecerle. "¿Dónde estabas Sagrado Jesús? ¿Por qué no has venido antes para terminar con mis sufrimientos?" Imploró Antonio al Señor cuando después de una semejante prueba vino El Señor. "Yo estuve aquí le dijo El Señor y esperaba ver tu esfuerzo espiritual."

Una vez durante una terrible lucha con sus pensamientos, Antonio gritó: "Señor, me quiero salvar, pero mis pensamientos no me dejan hacerlo." De repente ve, que alguien parecido a él trabaja sentado sobre una silla. Después se levanta y reza, después continua trabajando. "Haz lo mismo y te salvaras" le dijo el ángel del Señor.

Ya hace 20 años que Antonio vivía en su soledad, cuando algunos de sus amigos supieron donde estaba y vinieron para instalarse ahí. Durante mucho tiempo golpear a la puerta llamando y suplicando a Antonio a salir de su encierro voluntario. Finalmente, cuando ellos pensaban romper la puerta, Antonio la abrió y salió. Ellos quedaron muy sorprendidos viéndolo sin rasgos de cansancio a pesar de que él se sometía a durísimas pruebas. La paz celestial reinaba en su alma y se reflejaba en su rostro. Tranquilo, moderado, muy amable con todos, este anciano se convirtió muy pronto en el padre y preceptor de muchos. El desierto tomó vida. Por todos lados en la montaña aparecían los refugios de los monjes. Mucha gente cantaba, leía, ayunaba, rezaba, trabajaba y ayudaba a los pobres. San Antonio no les ponía a sus alumnos las reglas especiales para la vida monástica. Él se preocupaba solamente en fortalecer en ellos un devoto estado de ánimo, les inspiraba la fidelidad a la voluntad del Dios, la oración, la renuncia a todo lo terrestre y el trabajo incesante.

Pero la vida en el desierto entre la gente le pesaba a San Antonio y él buscaba un nuevo aislamiento. "¿Adónde queréis escapar?" Le dijo una voz del cielo cuando sobre la costa del Nilo él estaba esperando el bote para alejarse de la gente. "Alta Tebaida" contestó Antonio. Pero la misma voz le replicó: "Iras para arriba a Tebaida o para abajo a Bucolia, no encontraras la tranquilidad en ninguna parte. Vaya al desierto interior, así se llamaba el desierto ubicado cerca del Mar Rojo. Hasta allí se dirigió Antonio, siguiendo una caravana.

Después de caminar 3 días, él encontró una montaña alta y desabitada con un manantial y algunas palmeras en el valle. Aquí se instaló. Aquí él cultivaba un pequeño campo, para que nadie tenga que venir a traerle pan. De vez en cuando él visitaba a los ermitaños. Un camello le llevaba el pan y el agua para mantener sus fuerzas durante estos duros viajes en el desierto. Sin embargo, los admiradores de San Antonio, también descubrieron este último refugio. Empezó a llegar mucha gente que buscaba sus oraciones y consejos. Traían a los enfermos y él los curaba con sus oraciones.

Ya pasaron cerca de 70 años desde que San Antonio empezó a vivir en el desierto. Contra su voluntad, un pensamiento arrogante empezó a turbarlo. Pensaba que él era el más antiguo ermitaño que vivía en el desierto. Él pedía a Dios poder alejar este pensamiento y tuvo una revelación que un ermitaño se había instalado en el desierto antes que él y estaba sirviendo a Dios. A la mañana siguiente, bien temprano se levantó Antonio y salió en busca de este desconocido ermitaño. Caminó durante todo el día sin encontrar a nadie, salvo algunos animales que viven en el desierto. Delante de él se extendía la grandeza infinita del desierto, pero él no perdía las esperanzas. A la mañana siguiente, bien temprano, él siguió su camino. De repente vio a una loba que corría hacia un arroyo. San Antonio se acercó al arroyo y vio una cueva al costado del mismo. Mientras él se acercaba, la puerta de la cueva se cerró. Mediodía pasó San Antonio frente a la puerta suplicando al anciano que le muestre su rostro. Finalmente la puerta se abrió y salió un anciano canoso. Este anciano era San Pablo de Tebaida. Él vivía en el desierto cerca de 90 años. Después de un saludo fraternal, Pablo le preguntó a Antonio cómo estaba la humanidad. ¿Quién estaba gobernando? ¿Si todavía existían los idólatras? El fin de las persecuciones y el triunfo del Cristianismo en el imperio romano fueron las noticias muy gratas para Pablo. En cambio, la aparición del arrianismo fue una noticia amarga. Mientras que ellos conversaban, llegó un cuervo y dejó un pan. "¡Qué generoso y misericordioso es el Señor!" Exclamó Pablo: "durante muchos años Él me manda la mitad de un pan y hoy, gracias a tu visita, Él me mandó un pan entero." A la mañana siguiente Pablo confesó a Antonio que muy pronto él se irá de este mundo. Por eso pidió a Antonio traerle la túnica del obispo Atanasio (el famoso luchador contra el arrianismo) para cubrir con ella sus restos. Antonio se apuró a cumplir el deseo de este Santo anciano. Él regresó a su desierto muy emocionado y cuando los hermanos — monjes le preguntaban, la única contestación era: "soy un pecador y yo me consideraba un monje! "¡Yo vi a Elías, yo vi a Juan, yo vi a Pablo en el paraíso!" Cuando él estaba llegando al lugar donde habitaba San Pablo, el vio como este estaba ascendiendo al cielo entre muchos ángeles, profetas y apóstoles.

"¿Pablo, por qué no me esperaste?" Gritó Antonio. "¡Tan tarde te conocí y tan temprano te vas!" Sin embargo, al entrar a la cueva él encontró a Pablo arrodillado, rezando. Antonio también se arrodilló y comenzó a rezar. Recién después de varias horas de rezar se dio cuenta que Pablo no se movía porque estaba muerto. Entonces Antonio lavó piadosamente el cuerpo y lo envolvió en la túnica de San Atanasio. De repente aparecieron dos leones y excavaron con sus garras una tumba bastante profunda, donde Antonio sepultó al Santo ermitaño.

San Antonio falleció a una edad muy avanzada (106 años en el año 356) y por sus esfuerzos espirituales mereció llamarse El Grande.

San Antonio fundó vida eremítica, Consistía en que varios ermitaños vivan en celdas separadas, lejos uno del otro, bajo la dirección de un aba (aba en el hebreo significa el padre). La vida de los ermitaños era la oración, ayuno y trabajo. Varios ermitaños, reunidos bajo la dirección de un aba formaban una laura. Pero cuando todavía San Antonio vivía apareció otro estilo de la vida de los monjes. Ellos se unían en comunidades, trabajaban en conjunto, cada uno según sus posibilidades. También compartían la comida y se subordinaban a las mismas reglas. Estas comunidades se llamaban comunidades monásticas o monasterios. Abas de estas comunidades empezaron a llamarse archimandritas. El fundador de la vida comunal de los monjes fue San Pacomio, El Grande.

Editor: Obispo Alejandro Mileant
fatheralexander.org

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